Detroit: la pesadilla del sueño americano
La capital quebrada de la industria norteamericana del coche
intenta reinventarse pero tropieza con la segregación racial y la
debilidad del sector público
El 30% de los edificios comerciales y de las viviendas están vacíos o abandonados
A pesar de la desesperación, las encuestas dicen que la ciudad no morderá el anzuelo de Trump para “recuperar la grandeza de Estados Unidos”
El 30% de los edificios comerciales y de las viviendas están vacíos o abandonados
A pesar de la desesperación, las encuestas dicen que la ciudad no morderá el anzuelo de Trump para “recuperar la grandeza de Estados Unidos”
Un mediodía en Detroit es como una madrugada
en cualquier otra gran ciudad: da la sensación de que los espacios se
han quedado grandes, de que la soledad te mete prisa, de que todo ha
sido construido para gente que no está. No es que Detroit duerma de día,
es que lleva décadas de abandono. La gente, sencillamente, se fue.
Avenidas sin coches, rascacielos sin ventanas, casas sin gente.
Detroit es la capital norteamericana de la distopía capitalista. Fue
símbolo de poder, riqueza y potencia industrial: los coches más vendidos
del mundo se fabricaban en Detroit. Hoy es una urbe destartalada que
lucha por sacar adelante lo más básico después de décadas de decadencia
culminadas en 2013. Ese año la ciudad se declaró en bancarrota bajo el
mandato de un “gestor de emergencia”, un alcalde tecnócrata no elegido
democráticamente sino a dedo por el Estado de Michigan.
En la superficie de Detroit, te lo repiten sus
habitantes sin parar, “cabe lo que ocupa Manhattan, Boston y San
Francisco juntas”. Es una ciudad de talla XL para una población menguada
que cabría en Zaragoza. En 1952 Detroit tenía dos millones de
habitantes y hoy no llega a 700.000, casi tres veces menos.
Este mapa con la evolución de la densidad de población en el centro de
la ciudad es desolador. La ciudad sigue ahí, mucha de su gente ya no.
Detroit nutrió su expansión del siglo XX con la inmigración desde el
sur del país y desde el extranjero, que llegaron para trabajar en el
gran imperio automovilístico que se forjó en las plantas de montaje como
la de los coches Ford. Henry Ford creó para Detroit y luego para el
mundo capitalista el fordismo, una explotación intensiva de los recursos
humanos para la producción en cadena. Y, dicen por aquí, que de camino
también inventó “la clase media” al instaurar en 1914 un salario mínimo
de cinco dólares a la hora para sus trabajadores, cifra que doblaba lo
que se pagaba en otras partes del país.
Eso hizo que
en Detroit los obreros de las plantas automovilísticas, que se contaban
por decenas de miles, fueran además los primeros y mejores clientes a la
hora de comprar coches. Así, parte del dinero volvía a la misma caja.
La explosión automovilística de Detroit determina el urbanismo de la
propia ciudad: es “la ciudad de los coches”, hecha para ser vivida en
coche por los trabajadores de la industria del coche. Adivinen qué pasó
cuando las grandes empresas modernizaron sus plantas o directamente las
llevaron a otros países.
Detroit es un donut con el centro vacío. El 77% de los
puestos de trabajo está a más de 15 kilómetros del centro de la ciudad.
El 30% de los edificios comerciales y las viviendas están vacías. El 30%
de las parcelas de terreno están vacías.
Pero no es
el único gran contraste de la ciudad. El centro es negro y pobre; la
periferia es blanca. Muchos de los emigrantes blancos que vinieron a
trabajar por cinco dólares a la hora a Detroit procedían de los Estados
del Sur, allí donde la esclavitud y la segregación racial estaban aún
más arraigados que en el norte.
Ese esquema de
valores se importó a Detroit y a su forma de desarrollarse. A los negros
se les metió en barrios solo para negros, cerca de las fábricas del
centro; los blancos empezaron a blindar sus propios suburbios de “clase
media” en la periferia. Y entonces se construyeron las autovías que
circunvalan y atraviesan Detroit en todas direcciones.
“Las carreteras se hicieron para los barrios blancos y en los negros se
quedaron hasta sin luz”, se queja Malik Yakini, fundador de un
movimiento local para recuperar el uso de las fincas abandonadas y
potenciar la agricultura urbana. “El capitalismo está en declive. Lo
dicen hasta sus privilegiados. Detroit es solo la vanguardia de lo que
va a ir pasando en otras capitales del mundo”, sentencia Yakini desde un
pequeña oficina en uno de los barrios más deteriorados.
“I have a dream… this afternoon”. La primera vez que Martin Luther King
pronunció su famoso discurso sobre la dignidad de los negros en Estados
Unidos no fue en las escalinatas del monumento a Lincoln en Washington
D.C. Fue en Detroit, dos semanas antes. Luther King, dicen los
historiadores locales, quiso probar en Detroit qué tal le funcionaba la
fórmula retórica del ‘I have a dream’ antes de usarla ante el resto del
mundo.
Ese esquema de segregación extrema en Detroit,
décadas después, sigue produciendo monstruos, a pesar de que el 82% de
la población es afroamericana: el 8 de noviembre, los habitantes del
área metropolitana no solo tendrán que votar en las elecciones
presidenciales sino que habrá otra papeleta para decidir si quieren aumentar la inversión en transporte público.
Casi la mitad de distritos de la zona está en contra de que los
autobuses tengan parada en sus barrios. ¿Por qué? “Para que los negros
no puedan coger un autobús y pararse en sus barrios”, según explica
Alberta Tinsley-Talabi, representante demócrata en la Cámara de
Michigan. “Es racismo puro”. Segregación. “Apartheid”, lo llama Donnel
White, director de la Asociación Nacional por el Progreso de las
Personas de Color (NAACP).
Lo que ha ocurrido con la
mayoría de los servicios públicos en Detroit va más allá de la
privatización. En muchas ocasiones, son fundaciones u obras de caridad
las que cumplen el rol que se esperaría de las administraciones incluso
en Estados Unidos, donde la cultura de lo público es mucho más liberal
que en Europa.
Más del 50% del presupuesto para el
paseo marítimo de Detroit, recién construido, ha sido financiado por
fundaciones; la nueva línea de tren solo tiene un 30% de presupuesto
público; el centro de atención a drogodependientes de Detroit es ahora
una organización controlada por la Administración pero financiada por
donaciones religiosas o filantrópicas; las últimas ambulancias de la
ciudad las tuvo que pagar la Fundación Kresge.
“No
deberíamos estar cumpliendo ese papel”, dice su directora ejecutiva en
Detroit, Wendy Lewis Jackson: “Hacemos un trabajo que no nos
corresponde; ojalá Detroit vuelva a la normalidad y podamos dedicarnos a
potenciar proyectos culturales o sociales”. Durante los meses de la
bancarrota, la Fundación Kresge y otras fundaciones locales aportaron
más de 150 millones de euros para evitar en el último minuto que se
vendieran las obras de arte del Detroit Institute of Arts como forma de
pagar la deuda contraída por la ciudad.
En la planta baja del museo, no muy lejos del mural del pintor mexicano
Diego Rivera, un grupo de extranjeros visita una exposición de
fotografía sobre el Detroit más nocturno, peligroso y castigado. La
primera foto es un retrato de un grupo de raperos sentados alrededor de
un Cadillac. De pie está ‘Phat Kat’ Ronnie, uno de los autores de hip
hop más reconocidos de Detroit. Se le puede escuchar aqui junto a otro de los protagonistas de la foto, Guilty Simmons.
Media hora más tarde, el grupo de extranjeros pide un Uber para
desplazarse a otro punto de la ciudad. Detroit es la ciudad de los
coches pero apenas hay taxis. Quien aparece casualmente en el asiento
del conductor es Phat Kat. Pregunta si le hemos visto en la foto de
dentro y se identifica. “En Detroit la gente suele reconocerme cuando
entra en el coche”, dice con una risa rasgada. Dentro de un mes estará
de gira por Europa: Madrid, Barcelona, Viena.
Ronnie, el gato gordo
del hip hop de Detroit, se niega a seguir el rollo apocalíptico sobre
Detroit. “En esta ciudad siempre han pasado cosas, pero no es una ciudad
fantasma. Eso es una exageración de los medios”. Hay un punto de
orgullo herido en los habitantes que siguen ahí, que están hartos del
“ruin porn”, que es una forma de llamar a la obsesión que mostramos los
foráneos por fotografiar de manera casi osbcena cada casa abandonada,
cada fábrica sin cristales en las ventanas.
“La gente
viene, hace fotos exageradas de un edificio en ruinas y luego cruza la
calle y se toma algo en un local muy moderno. Pero al local moderno no
le hacen fotos”, se queja Ronnie a.k.a. Phat Kat.
Los brotes verdes de Detroit
Los locales modernos que cita Phat Kat son uno de los brotes verdes de
Detroit. En algunas zonas de la ciudad, al doblar una esquina aparece un
Soho, un Malasaña, un pequeño Berlín. Restaurantes sofisticados,
cafeterías, huertos urbanos, pequeños negocios o tiendas que no tienen
nada especial pero que sencillamente están ahí, donde hace tres o cuatro
años no había nada.
Los nuevos negocios no tienen
que competir con las grandes marcas. “Las cadenas de ropa o
multinacionales no quieren venir a Detroit”, explica Jeanette Pierce,
fundadora de Detroit Experience Factory, otra de esas iniciativas
centradas en el lado positivo de la ciudad. “Pero mejor así, porque
podemos darle una identidad única a la ciudad”. En su carpeta lleva una
pegatina: “Detroit. Suficientemente grande como para importarle al
mundo; suficientemente pequeño como para que le importes tú”. Los
circuitos económicos de la ciudad y algunos grupos de emprendedores
locales intentan contarle al mundo que Detroit se está recuperando.
“En 2015 tenemos un dato positivo”, dicen los analista de Data Driven
Detroit, una ONG que trabaja con estadística pública. “Por primera vez
en décadas, la ciudad no ha perdido más población que el año anterior”.
Caía en picado y ahora no ha dejado de caer pero cae menos. El activista
Malik Yaliki no lo ve tan claro. “El dinero que está aflorando en el
centro de la ciudad es de gente que ya tiene dinero. Son blancos que ya
eran acomodados de antes. A ellos se les ve como los héroes que están
salvando Detroit, cuando la población negra no ve nada de eso”.
“Hace unos años mi esposa y yo compramos un coche de segunda mano y una
casa”, cuenta Sean Mann, un consultor en asuntos públicos que vive en
una zona residencial de Detroit. “El coche nos costó más dinero que la
casa”. En algunas partes de la ciudad se puede comprar una vivienda, de
las que tienen una parcelita alrededor y la distribución como de un piso
pero en dos plantas, por mil euros.
Los debates
sobre cómo evitar la gentrificación y la especulación ya afloran. Unos
ven en estas quejas señales de que la ciudad está en otra fase y niegan
la mayor: no se puede gentrificar algo que está vacío. Otros aseguran
que los grandes millonarios de la ciudad, y Detroit conserva unas
cuantas fortunas amasadas, están acaparando tierra e inmuebles baratos,
además de una enorme influencia y poder. Una figura destaca sobre todas:
Dan Gilbert, el dueño de los Cleveland Cavaliers, el equipo de la NBA, y
de cientos de propiedades en el centro de Detroit adquiridas en los
últimos cinco años.
“No solo en Detroit: en Estados
Unidos, el cruce del capitalismo con la supremacía blanca nos hace a los
negros invisibles y pobres”, dice Malik Yaliki. El desempleo dobla la
media nacional. El 39% de la población vive bajo el umbral de la pobreza. El 82% de la población es negra.
Una de las estrategias de campaña de Donald Trump es intentar ganarse
el voto del norteamericano cabreado con la fuga de inversiones y puestos
de trabajo de empresas estadounidenses a plantas industriales u otros
sectores en Asia o Europa. Con esa idea conecta su eslogan electoral:
‘Make America Great Again’ (recuperar la grandeza de Estados Unidos).
Trump dijo ese día de agosto: “El americanismo, no el globalismo, será
nuestro credo”. El filón está claro: “Creo que en esa defensa del
trabajador, Trump le gana a Hillary Clinton”, dice un carpintero de
Detroit que prefiere no aparecer con su nombre en este artículo. Sin
embargo, el carpintero, como la mayoría de los vecinos de Detroit según
las encuestas, no votará por Trump.
Además de
trabajadores sacrificados, la historia de Detroit habla de una ciudad
creativa, cuna del Motown, y pionera en la lucha por los derechos de los
afroamericanos, precisamente por la exposición a esa paradoja de
sentirse “una minoría” en una ciudad donde son mayoría.
En el mismo lugar donde Trump hablaba de volver a una América grandiosa
tuvo lugar en 1953 un discurso con mucho más impacto. “I have a dream…
this afternoon”. Detroit sigue soñando entre pesadillas.
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