Con todo respeto de la fuente "La Gaceta" francesa, sin editar y sin ajuste alguno, solo con el animo y la premura para que el documento llegue a mis estudiantes o mejor compañeros de curso, trascribo este aparte de su edición 523 de julio de 2014
Con menor virulencia y con fundamentos radicalmente distintos, Thomas Piketty ha hecho una denuncia tan poderosa como la que Émile Zola publicó en las páginas de L’Aurore en las postrimerías del siglo xix. El profesor de la École d’Économie de Paris dista de ser un escritor consagrado dispuesto a arriesgar el pellejo por un caso de injusticia extrema, pero la suya es una voz que hoy resuena lo mismo entre los especialistas en distribución de la riqueza que en los corrillos políticos, una voz que alarma a los defensores a ultranza del sistema de libre mercado y que inspira a legisladores para emprender reformas fiscales, una voz que enhebra los métodos más enigmáticos de la econometría con el pintoresquismo decimonónico de Austen y Balzac, con quienes Zola compartió el deseo de describir las crueldades del mundo. El capital en el siglo XXI es un ladrillo: lo es por su tamaño —la edición francesa casi alcanza las mil páginas, la de lengua inglesa se frena poco antes de las setecientas—, pero sobre todo porque será un elemento imprescindible para construir cualquier explicación futura sobre la inequidad propia del capitalismo. En noviembre de este año,(2014) el Fondo publicará en español este magnífico trabajo de historia económica y de análisis cuantitativo, razón por la cual este número de La Gaceta busca ofrecer a nuestros lectores diversos materiales sobre esta ya muy esperada obra. Además de un adelanto —el primero que se presenta en nuestra lengua— y un artículo del propio Piketty, damos a conocer aquí dos reseñas de ganadores del premio Nobel en economía, Robert Solow y Paul Krugman, más un breve comentario de un autor que hace unos años se sumó a nuestro catálogo, Dani Rodrik; hay además artículos de académicos y escritores de México, Colombia, Chile y Argentina sobre el modo en que las ideas pikettianas pueden influir en los renovados debates sobre la desigualdad. Sirva, pues, esta entrega como ejercicio de calentamiento en la lectura del “J’accuse…!” con que Thomas Piketty ha reconducido la atención mundial hacia los mecanismos económicos que podrían hacer de nuestro siglo una versión agravada del ancien régime.
¿Por qué El capital en el siglo XXI
está causando una conmoción política
y académica en diversos países?
Porque en ese extenso libro Thomas
Piketty alza la voz para mostrar de manera
contundente una más de las paradojas del
capitalismo. Su denuncia ha encontrado
eco —no sólo en sentido positivo— entre sus
colegas, como se puede ver en esta selección
de artículos, la mitad de ellos preparados
especialmente para La Gaceta
Leamos a Piketty. Al menos un fragmento de los cientos de páginas —y eso
sin contar la copiosa información disponible en el sitio electrónico del autor— de El capital
en el siglo XXI, obra que verá la luz en noviembre próximo (2014) con el sello del Fondo. Presentamos
enseguida, como mero aperitivo, los primeros párrafos de un libro que ha reavivado,
confiamos en que para bien, los debates sobre la desigualdad.
INTRODUCCIÓN
La distribución de la riqueza es una de las cuestiones más controversiales y debatidas en la actualidad.
Pero, ¿qué se sabe realmente de su evolución a lo largo
del tiempo? ¿Acaso la dinámica de la acumulación
del capital privado conduce inevitablemente a una
concentración cada vez mayor de la riqueza y del
poder en unas cuantas manos, como lo creyó Marx
en el siglo xix? O bien, ¿acaso las fuerzas que ponen
en equilibrio el desarrollo, la competencia y el progreso
técnico llevan espontáneamente a una reducción
de las desigualdades y a una armoniosa estabilización
en las fases avanzadas del desarrollo, como
lo pensó Kuznets en el siglo xx? ¿Qué se sabe en
realidad de la evolución de la distribución de los ingresos
y de la riqueza desde el siglo xviii, y qué lecciones
podemos sacar para el siglo xxi?
Éstas son las preguntas a las que intento dar respuesta
en este libro. Digámoslo de entrada: las respuestas
presentadas son imperfectas e incompletas, pero
se basan en datos históricos y comparativos mucho
más extensos que todos los trabajos anteriores
— abarcando tres siglos y más de veinte países —, y en
un marco teórico renovado que permite comprender
mejor las tendencias y los mecanismos subyacentes.
El crecimiento moderno y la difusión de los conocimientos
permitieron evitar el apocalipsis marxista,
mas no modificaron las estructuras profundas del
capital y de las desigualdades, o por lo menos no tanto
como se imaginó en las décadas optimistas posteriores
a la segunda Guerra Mundial. Cuando la tasa
de rendimiento del capital supera de modo constante
la tasa de incremento de la producción y del ingreso
— lo que sucedía hasta el siglo xix y amenaza con
volverse la norma en el siglo xxi —, el capitalismo
produce mecánicamente desigualdades insostenibles,
arbitrarias, que cuestionan de modo radical los
valores meritocráticos en los que se fundamentan
nuestras sociedades democráticas. Sin embargo,
existen medios para que la democracia y el interés
general logren retomar el control del capitalismo y
de los intereses privados, al mismo tiempo que mantienen
la apertura económica y evitan reacciones
proteccionistas y nacionalistas. Este libro intenta
hacer propuestas en este sentido, apoyándose en las
lecciones de esas experiencias históricas, cuyo relato
constituye la trama principal de la obra.
¿UN DEBATE SIN FUENTE?
Durante mucho tiempo los debates intelectuales y
políticos sobre la distribución de la riqueza se alimentaron
de muchos prejuicios, y de muy pocos
hechos.
Desde luego, cometeríamos un error al subestimar
la importancia de los conocimientos intuitivos
que desarrolla cada persona acerca de los ingresos y
de la riqueza de su época, en ausencia de todo marco
teórico y de toda estadística representativa. Veremos,
por ejemplo, que el cine y la literatura — en particular
la novela del siglo xix —, rebosan de informaciones
sumamente precisas acerca de los niveles de
vida y fortuna de los diferentes grupos sociales, y sobre
todo acerca de la estructura profunda de las desigualdades,
sus justificaciones, y sus implicaciones
en la vida de cada uno. Las novelas de Jane Austen y
de Balzac, en particular, presentan cuadros pasmosos
de la distribución de la riqueza en el Reino Unido
y en Francia en los años de 1790 a 1830. Los dos novelistas
poseían un conocimiento íntimo de la jerarquía
de la riqueza en sus respectivas sociedades;
comprendían sus fronteras secretas, conocían sus
implacables consecuencias en la vida de esos hombres
y mujeres, incluyendo sus estrategias maritales,
sus esperanzas y sus desgracias; desarrollaron sus
implicaciones con una veracidad y un poder evocador
que no lograría igualar ninguna estadística, ningún
análisis erudito.
En efecto, el asunto de la distribución de la riqueza
es demasiado importante para dejarlo sólo en manos
de los economistas, los sociólogos, los historiadores y
demás filósofos. Atañe a todo el mundo, y más vale
que así sea. La realidad concreta y burda de la desigualdad
se ofrece a la vista de todos los que la viven, y
suscita naturalmente juicios políticos tajantes y contradictorios.
Campesino o noble, obrero o industrial,
sirviente o banquero: desde su personal punto de vista,
cada uno ve las cosas importantes sobre las condiciones
de vida de unos y otros, sobre las relaciones de
poder y de dominio entre los grupos sociales, y se forja
su propio concepto de lo que es justo y de lo que no
lo es. El tema de la distribución de la riqueza tendrá
siempre esta dimensión eminentemente subjetiva y
psicológica, que irreductiblemente genera conflicto
político y que ningún análisis que se diga científico
podría apaciguar. Por fortuna, la democracia jamás
será reemplazada por la república de los expertos.
Por ello, el asunto de la distribución también merece
ser estudiado de modo sistemático y metódico.
A falta de fuentes, de métodos, de conceptos definidos
con precisión, es posible decir todo y su contrario.
Para algunos las desigualdades son siempre crecientes,
y el mundo cada vez más injusto, por definición.
Para otros las desigualdades son naturalmente
decrecientes, o bien se armonizan de manera espontánea,
y ante todo no debe hacerse nada que pudiera
perturbar ese feliz equilibrio. Frente a este diálogo
de sordos, en el que a menudo cada campo justifica
su propia pereza intelectual mediante la del campo
contrario, existe un cometido para un procedimiento
de investigación sistemática y metódica, aun
cuando no sea plenamente científica. El análisis erudito
jamás pondrá fin a los violentos conflictos políticos suscitados por la desigualdad. La investigación
en ciencias sociales es y será siempre balbuceante e
imperfecta; no tiene la pretensión de transformar la
economía, la sociología ni la historia en ciencias
exactas, sino que al establecer con paciencia hechos
y regularidades, y al analizar con serenidad los mecanismos
económicos, sociales, políticos, que sean
capaces de dar cuenta de éstos puede procurar que el
debate democrático esté mejor informado y se centre
en las preguntas correctas; además puede contribuir
a redefinir siempre los términos del debate, revelar
las certezas estereotipadas y las imposturas,
acusar y cuestionarlo todo siempre. Éste es, a mi entender,
el papel que pueden y deben desempeñar los
intelectuales y, entre ellos, los investigadores en
ciencias sociales, ciudadanos como todos, pero que
tienen la suerte de disponer de más tiempo que otros
para consagrarse al estudio (y al mismo tiempo recibir
un pago por ello, un privilegio considerable).
Ahora bien, debemos advertir que durante mucho
tiempo las investigaciones eruditas consagradas a la
distribución de la riqueza se basaron en relativamente
escasos hechos establecidos con solidez, y en
muchas especulaciones puramente teóricas. Antes
de exponer con más precisión las fuentes de las que
partí y que intenté reunir en el marco de este libro,
es útil elaborar un rápido historial de las reflexiones
sobre estos temas.
MALTHUS, YOUNG
Y LA REVOLUCIÓN FRANCESA
Cuando nació la economía política clásica en el Reino
Unido y en Francia a fines del siglo xviii y principios
del xix, el tema de la distribución ya era el centro
de todos los análisis. Todos veían claramente que
habían empezado transformaciones radicales, sobre
todo con un crecimiento demográfico sostenido
— desconocido hasta entonces — y los inicios del éxodo
rural y de la Revolución industrial. ¿Cuáles serían
las consecuencias de esos trastornos en el reparto de
la riqueza, la estructura social y el equilibrio político
de las sociedades europeas?
Para Thomas Malthus, que en 1798 publicó su Ensayo
sobre el principio de población, no cabía ninguna
duda: la principal amenaza era la sobrepoblación.
Sus fuentes eran escasas, pero las utilizó de la mejor
manera posible. Influyeron en él sobre todo los relatos
de viaje de Arthur Young, agrónomo inglés que
recorrió los caminos del reino de Francia en 1787-
1788, en vísperas de la Revolución, desde Calais hasta
los Pirineos, pasando por la Bretaña y el Franco
Condado, y quien relató la miseria de las campiñas
francesas.
No todo era impreciso en ese apasionante relato,
lejos de eso. En esa época, Francia era por mucho el
país europeo más poblado, y por tanto constituía un
punto de observación ideal. Hacia 1700, el reino de
Francia contaba ya con más de 20 millones de habitantes,
en un momento en que el Reino Unido constaba
de poco más de ocho millones de almas (e Inglaterra
de alrededor de cinco millones). Francia presenció
el crecimiento de su población a un ritmo
sostenido a lo largo del siglo xviii, desde fines del
reinado de Luis XIV al de Luis XVI, hasta el punto en
que su población se acercó a los 30 millones de habitantes
en la década de 1780. Todo permite pensar
que, en efecto, ese dinamismo demográfico, desconocido
durante los siglos anteriores, contribuyó al
estancamiento de los salarios agrícolas y al incremento
de la renta de la tierra en las décadas previas a
la deflagración de 1789. Sin hacer de ello la causa única
de la Revolución francesa, parece evidente que
esta evolución sólo incrementó la creciente impopularidad
de la aristocracia y del régimen político
imperante.
Sin embargo, el relato de Young, publicado en
1792, estaba asimismo impregnado de prejuicios nacionalistas
y de comparaciones engañosas. Nuestro
gran agrónomo estaba muy insatisfecho con los mesones
y con los modales de los sirvientes que le llevaban
de comer, a los que describió con asco. De sus observaciones,
a menudo bastante triviales y anecdóticas,
pretendía deducir consecuencias para la historia
universal. Sobre todo le preocupaba mucho la agitación
política a la que podía llevar la miseria de las
masas. Young estaba particularmente convencido de
que sólo un sistema político a la inglesa —con Cámaras
separadas para la aristocracia y el Estado llano,
y el derecho de veto para la nobleza— permitiría un
desarrollo armonioso y apacible, dirigido por personas
responsables. Estaba convencido de que Francia
estaba condenada al fracaso al aceptar en 1789-1790
que ocuparan un escaño unos y otros en un mismo
Parlamento. No es exagerado decir que el conjunto
de su relato estaba predeterminado por un temor a la
Revolución francesa. Cuando se diserta sobre la distribución
de la riqueza, la política nunca está muy
distante, y a menudo es difícil evitar los prejuicios y
los intereses de clase de la época.
Cuando en 1798 el reverendo Malthus publicó su
famoso Ensayo, fue aún más radical en sus conclusiones.
Al igual que su compatriota, estaba muy preocupado
por las noticias políticas que llegaban de Francia,
y consideraba que para asegurarse de que semejantes
excesos no se extendieran un día al Reino
Unido era urgente suprimir todo el sistema de asistencia
a los pobres y controlar severamente su natalidad,
a falta de lo cual el mundo entero caería en sobrepoblación,
caos y miseria. Es ciertamente imposible
entender las excesivamente sombrías previsiones
malthusianas sin tomar en cuenta el miedo que
abrumaba a una buena parte de las élites europeas
en la década de 1790.
RICARDO: EL PRINCIPIO
DE LA ESCASEZ
Retrospectivamente, es muy fácil burlarse de los
profetas de la desgracia, pero objetivamente, es importante
darse cuenta de que las transformaciones económicas y sociales que estaban en curso a finales
del siglo xviii y principios del xix eran bastante impresionantes,
incluso traumáticas. En realidad, la
mayoría de los observadores de la época — y no sólo
Malthus y Young — tenían una visión por demás sombría,
aun apocalíptica, de la evolución a largo plazo de
la distribución de la riqueza y de la estructura social.
Esto se aprecia sobre todo en David Ricardo y Karl
Marx — sin lugar a dudas los dos economistas más influyentes del siglo xix —, quienes imaginaban que un
pequeño grupo social — los terratenientes en el caso
de Ricardo, los capitalistas industriales en el de
Marx — se adueñarían inevitablemente de una parte
siempre creciente de la producción y del ingreso. Para Ricardo, que en 1817 publicó sus Principios de
economía política y tributación, la principal preocupación
era la evolución a largo plazo del precio de la tierra
y del nivel de la renta del suelo. Al igual que
Malthus, casi no disponía de ninguna fuente estadística
digna de ese nombre, pero eso no le impedía poseer
un conocimiento íntimo del capitalismo de su
época. Al pertenecer a una familia de financieros judíos
de origen portugués, parecía tener menos prejuicios
políticos que Malthus, Young o Smith. Influyó en
él el modelo de Malthus, pero llevó el razonamiento
más lejos. Se interesó sobre todo en la siguiente paradoja
lógica: desde el momento en que el incremento
de la población y de la producción se prolonga de
modo duradero, la tierra tiende a volverse cada vez
más escasa en comparación con otros bienes. La ley
de la oferta y la demanda debería conducir a un alza
continua del precio de la tierra y de las rentas pagadas
a los terratenientes. Con el tiempo, estos últimos
recibirían una parte cada vez más importante del
producto nacional, y el resto de la población una fracción
cada vez más reducida, lo que sería destructivo
para el equilibrio social. Para Ricardo, la única salida
lógica y políticamente satisfactoria es un impuesto
cada vez más gravoso sobre la renta del suelo.
Esta sombría predicción no se confirmó: desde
luego, la renta del suelo permaneció mucho tiempo
en niveles elevados, pero en resumidas cuentas, a
medida que disminuía el peso de la agricultura en el
producto nacional el valor de las tierras agrícolas decayó
inexorablemente respecto de las demás formas
de riqueza. Al escribir en la década de 1810, sin lugar
a dudas Ricardo no podía anticipar la amplitud del
progreso técnico y del desarrollo industrial que se
daría en el siglo que iniciaba. Al igual que Malthus y
Young, no lograba imaginar una humanidad totalmente
liberada del apremio alimenticio y agrícola.
No por ello su intuición sobre el precio de la tierra
deja de ser interesante: el “principio de escasez” sobre
el que se apoya puede potencialmente llevar a algunos
precios a alcanzar valores extremos durante largos
decenios. Esto bastaría para desestabilizar de modo
profundo a sociedades enteras. El sistema de precios
tiene un papel irreemplazable en la coordinación de
las acciones de millones de individuos, hasta de miles
de millones de individuos en el marco de la nueva economía
mundial. El problema estriba en que este sistema
no conoce ni límite ni moral.
Cometeríamos un error al despreciar la importancia
de este principio en el análisis de la distribución
mundial de la riqueza en el siglo xxi; para convencerse
de ello, baste con reemplazar en el modelo
de Ricardo el precio de las tierras agrícolas por el de
los bienes raíces urbanos en las grandes capitales, o
también por el precio del petróleo. En ambos casos,
si se prolongara para el periodo 2010-2050 o 2010-
2100 la tendencia observada a lo largo de los años
1970-2010, entonces se llegaría a desequilibrios económicos,
sociales y políticos de considerable amplitud
— tanto entre países como en el interior de ellos —,
que no distan de evocar el apocalipsis ricardiano.
Desde luego, en principio existe un mecanismo
económico muy simple que permite equilibrar el proceso:
el juego de la oferta y la demanda. Si un bien tiene
una oferta insuficiente y si su precio es demasiado
elevado, entonces debe disminuir la demanda de ese
bien, lo que permitirá reducir el precio. Dicho de otra
manera, si se incrementan los precios inmobiliarios y
petroleros, basta con ir a vivir al campo, o bien utilizar
una bicicleta (o ambas cosas al mismo tiempo). No
obstante, además de que esto puede ser un poco molesto y complicado, semejante ajuste requeriría varias
décadas, a lo largo de las cuales es posible que los
dueños de los inmuebles y del petróleo acumulen créditos tan importantes sobre el resto de la población
que a largo plazo se volverían propietarios de todo lo
que se pueda poseer, incluso de la campiña y de las bicicletas.-
1 Desde luego que existía una escuela liberal más optimista: al parecer Adam Smith pertenece a ella, y a decir verdad no se cuestionaba realmente sobre una posible divergencia de la distribución de la riqueza a largo plazo. Lo mismo sucedía con Jean-Baptiste Say (1767-1832), quien también creía en la armonía natural.
2 Como de costumbre, es posible que lo peor nunca ocurra. Es demasiado pronto para anunciar al lector que tendrá que pagar su renta al emir de Qatar de aquí a 2050: este tema será examinado en su momento, y desde luego la respuesta que daremos será más matizada, aunque medianamente tranquilizadora. Pero es importante entender desde ahora que el juego de la oferta y la demanda no impide en lo absoluto semejante posibilidad, a saber una divergencia mayor y perdurable de la distribución de la riqueza, vinculada con los movimientos extremos de ciertos precios relativos. Éste es el mensaje principal del principio de escasez introducido por Ricardo. Nada nos obliga a dejarlo al azar.
1 Desde luego que existía una escuela liberal más optimista: al parecer Adam Smith pertenece a ella, y a decir verdad no se cuestionaba realmente sobre una posible divergencia de la distribución de la riqueza a largo plazo. Lo mismo sucedía con Jean-Baptiste Say (1767-1832), quien también creía en la armonía natural.
2 Como de costumbre, es posible que lo peor nunca ocurra. Es demasiado pronto para anunciar al lector que tendrá que pagar su renta al emir de Qatar de aquí a 2050: este tema será examinado en su momento, y desde luego la respuesta que daremos será más matizada, aunque medianamente tranquilizadora. Pero es importante entender desde ahora que el juego de la oferta y la demanda no impide en lo absoluto semejante posibilidad, a saber una divergencia mayor y perdurable de la distribución de la riqueza, vinculada con los movimientos extremos de ciertos precios relativos. Éste es el mensaje principal del principio de escasez introducido por Ricardo. Nada nos obliga a dejarlo al azar.
MARX: EL PRINCIPIO
DE ACUMULACIÓN INFINITA
Cuando Marx publicó en 1867 el primer tomo de El
capital, es decir exactamente medio siglo después de
la publicación de los Principios de Ricardo, había
ocurrido una profunda evolución de la realidad económica
y social: ya no se trataba de saber si la agricultura
podría alimentar a una población creciente o
si el precio de la tierra aumentaría hasta las nubes,
sino más bien de comprender la dinámica de un capitalismo
en pleno desarrollo.
El suceso más destacado de la época era la miseria
del proletariado industrial. A pesar del desarrollo
— o tal vez en parte debido a él — y del enorme éxodo
rural que había empezado a provocar el incremento
de la población y de la productividad agrícola, los
obreros se apiñaban en cuchitriles. Las jornadas de
trabajo eran largas, con sueldos muy bajos. Se desarrollaba
una nueva miseria urbana, más visible, más
chocante, y en ciertos aspectos aún más extrema que
la miseria rural del Antiguo Régimen. Germinal, Oliver
Twist o Los miserables no nacieron de la imaginación
de los novelistas, ni así lo hicieron las leyes que
en 1841 prohibieron el trabajo de niños menores de
ocho años en las manufacturas en Francia, o el de los
menores de 10 años en las minas del Reino Unido en
1842. El Cuadro del estado físico y moral de los obreros empleados en las manufacturas, publicado en
Francia en 1840 por el Dr. Villermé y que inspiró la
tímida legislación de 1841, describía la misma realidad
sórdida que La situación de la clase obrera en Inglaterra,
publicado por Engels en 1845.
3
De hecho, todos los datos históricos de los que disponemos
en la actualidad indican que no fue sino
hasta la segunda mitad — o más bien hasta el último
tercio — del siglo xix cuando ocurrió un incremento
significativo del poder adquisitivo de los salarios. De
la década de 1800-1810 a la de 1850-1860, los salarios
de los obreros se estancaron en niveles muy bajos,
cercanos a los del siglo xviii y los siglos anteriores, e
incluso inferiores en algunos casos. Esta larga fase
de estancamiento salarial, que se observa tanto en el
Reino Unido como en Francia, es impresionante
particularmente debido a que el crecimiento económico se aceleró durante ese periodo. La participación
del capital — beneficios industriales, renta del
suelo, rentas urbanas — en el producto nacional, en la
medida en que se le puede estimar a partir de las
fuentes imperfectas de las que disponemos hoy día,
se incrementó fuertemente en ambos países durante
la primera mitad del siglo xix.
4
Disminuiría ligeramente
en los últimos decenios del siglo xix, cuando
los salarios se recuperarían parcialmente del retraso
en su incremento. Sin embargo, los datos que reunimos
indican que no hubo disminución estructural
alguna de la desigualdad antes de la primera Guerra
Mundial. En el transcurso de 1870-1914, en el mejor
de los casos se presenció una estabilización de la
desigualdad en un nivel muy elevado, y en ciertos
aspectos una espiral inequitativa sin fin, en particular
con una concentración cada vez mayor de la
riqueza. Es muy difícil decir a dónde habría conducido
esta trayectoria sin los importantes choques
económicos y políticos provocados por la deflagración
de 1914-1918, que a la luz del análisis histórico,
y con la retrospectiva de la que disponemos hoy día,
se revelan como las únicas fuerzas que podían llevar
a la reducción de las desigualdades desde la Revolución
industrial.
Lo cierto es que la prosperidad del capital y de los
beneficios industriales, en comparación con el estancamiento
de los ingresos destinados al trabajo,
era una realidad tan evidente en la década de 1840-
1850 que todos estaban perfectamente conscientes
de ello, aún si en ese momento nadie disponía de estadísticas
nacionales representativas. Es en este
contexto donde se desarrollaron los primeros movimientos
comunistas y socialistas. La pregunta central
es simple: ¿para qué sirvió el desarrollo de la industria,
para qué sirvieron todas esas innovaciones
técnicas, ese trabajo, esos éxodos, si al cabo de medio
siglo de desarrollo industrial la situación de las masas
siguió siendo igual de miserable, sin más remedio
que prohibir en las fábricas el trabajo de los niños menores de ocho años? Parecía evidente el fracaso
del sistema económico y político imperante.
Esto llevó a plantearse la siguiente pregunta: ¿qué se
puede decir de la evolución que tendría semejante
sistema a largo plazo?
Marx se consagró a esta tarea. En 1848, en vísperas
de la “Primavera de los pueblos”, ya había publicado
el Manifiesto comunista,
5
texto corto y eficaz que
inicia con el famoso “Un fantasma recorre Europa: el
fantasma del comunismo”6
y concluye con la no menos
célebre predicción revolucionaria: “[E]l desarrollo
de la gran industria socava bajo los pies de la burguesía
las bases sobre las que ésta produce y se apropia
de lo producido. La burguesía produce, ante todo,
sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria
del proletariado son igualmente inevitables”.7
En las dos siguientes décadas, Marx se dedicó a
escribir el voluminoso tratado que justificaría esta
conclusión, y a fundamentar el análisis del capitalismo
y de su desplome. Esta obra quedaría inconclusa:
el primer tomo de El capital se publicó en 1867, pero
Marx falleció en 1883 sin haber terminado los dos siguientes tomos, que publicaría después de su muerte
su amigo Engels, a partir de los fragmentos de manuscritos
— a menudo oscuros — que dejó.
A semejanza de Ricardo, Marx basó su trabajo en
el análisis de las contradicciones lógicas internas del
sistema capitalista. De esta manera, buscó distinguirse
tanto de los economistas burgueses (que concebían
en el mercado un sistema autorregulado, es
decir capaz de equilibrarse solo, sin mayor divergencia,
similar a la “mano invisible” de Smith y a la “ley
de Say”), como de los socialistas utópicos o proudhonianos
quienes, según él, se contentaban con denunciar
la miseria obrera, sin proponer un estudio verdaderamente
científico de los procesos económicos
operantes.2 Desde luego, la otra posibilidad es incrementar la oferta, descubriendo nuevos yacimientos (o nuevas fuentes de energía, de ser posible más limpias), o mediante una densificación del hábitat urbano (por ejemplo, construyendo torres más altas), lo que plantea otras dificultades. En todo caso, esto también puede tomar decenios. 3 Friedrich Engels (1820-1895), quien se volvería amigo y colaborador de Marx, tuvo una experiencia directa con su objeto de estudio, pues en 1842 se instaló en Manchester y dirigió una fábrica de su padre. 4 Recientemente, el historiador Robert Allen propuso llamar “pausa de Engels” a ese largo estancamiento salarial.
5 K. Marx y F. Engels, El manifiesto comunista, Jesús Izquierdo Martín (trad.), Fondo de Cultura Económica, México, 2007, p. 155
6 Y la primera frase prosigue así: “Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes”. Idem. El talento literario y polémico de Karl Marx (1818-1883),fi lósofo y economista alemán, explica sin duda parte de su inmensa influencia.
7 Ibid., pp. 167-168.
8 En resumen: Marx partió del modelo ricardiano del precio del capital y del principio de escasez, y ahondó en el análisis de la dinámica del capital, al considerar un mundo en el que el capital es ante todo industrial (máquinas, equipos, etc.) y no rural, y puede, entonces, acumularse potencialmente sin límite. De hecho, su principal conclusión es lo que se puede llamar el “principio de acumulación infinita”, es decir la inevitable tendencia del capital a acumularse y a concentrarse en proporciones infinitas, sin límite natural; de ahí el resultado apocalíptico previsto por Marx: ya sea que haya una baja tendencial de la tasa de rendimiento del capital (lo que destruye el motor de la acumulación y puede llevar a los capitalistas a desgarrarse entre sí), o bien que el porcentaje del capital en el producto nacional aumente indefinidamente (lo que, tarde o temprano, provoca que los trabajadores se unan y se rebelen). En todo caso, no es posible ningún equilibrio socioeconómico o político estable. Esta negra profecía de Marx no estuvo más cerca de ocurrir que aquella prevista por Ricardo.
A partir del último tercio del siglo xix, por fin los sueldos empezaron a subir: se generalizó la mejora del poder adquisitivo, lo que cambió radicalmente la situación, a pesar de que siguieron siendo muy importantes las desigualdades, y en algunos aspectos éstas no dejaron de crecer hasta la primera Guerra Mundial. En efecto, la Revolución comunista tuvo lugar, pero en el país más atrasado de Europa, aquél en el que apenas se iniciaba la Revolución industrial (Rusia), mientras los países europeos más adelantados exploraban otras vías — socialdemócratas — para la fortuna de sus habitantes. Al igual que los autores anteriores, Marx pasó totalmente por alto la posibilidad de un progreso técnico duradero y de un crecimiento continuo de la productividad, una fuerza que, como veremos, permite equilibrar — en cierta medida — el proceso de acumulación y de creciente concentración del capital privado. Sin duda carecía de datos estadísticos para precisar sus predicciones. Sin duda también fue víctima del hecho de haber fijado sus conclusiones desde 1848, aun antes de iniciar las investigaciones que podrían justificarlas. Es por demás evidente que Marx escribía en un clima de gran exaltación política, lo que a veces conduce a atajos apresurados que es difícil evitar; de ahí la absoluta necesidad de vincular el discurso teórico con fuentes históricas tan completas como sea posible, a lo que en realidad Marx no se abocó.
8 Marx había publicado en 1847 La miseria de la filosofía, libro en el que ridiculizó La filosofía de la miseria, publicada por Proudhon algunos años antes.
9 A esto se suma que Marx ni siquiera se cuestionó sobre cómo sería la organización política y económica de una sociedad en la que se hubiera abolido por completo la propiedad privada del capital — problema complejo, si lo hubiera — como lo demuestran las dramáticas improvisaciones totalitarias de los regímenes que intentaron llevarla a cabo. Sin embargo, veremos que, a pesar de todos sus límites, en muchos aspectos el análisis marxista conserva cierta pertinencia. Primero, Marx partió de una pregunta importante (relativa a una concentración inverosímil de la riqueza durante la Revolución industrial) e intentó darle respuesta, con los medios de los que disponía: he aquí un proceder en el que los economistas actuales harían bien en inspirarse. Entonces, cabe destacar que el principio de acumulación infinita defendido por Marx contiene una intuición fundamental para el análisis tanto del siglo xxi como del xix, y es en cierta manera aún más inquietante que el principio de escasez tan apreciado por Ricardo. Ya que la tasa de incremento de la población y de la productividad permanece relativamente baja, las riquezas acumuladas en el pasado adquieren naturalmente una importancia considerable, potencialmente desmedida y desestabilizadora para las sociedades a las que atañen. Dicho de otra manera, un bajo crecimiento permite equilibrar tan sólo frágilmente el principio marxista de acumulación infinita: de ello resulta un equilibrio que no es tan apocalíptico como el previsto por Marx, pero que no deja de ser bastante perturbador. La acumulación se detiene en un punto finito, pero ese punto puede ser sumamente elevado y desestabilizador. Veremos que el enorme incremento del valor total de la riqueza privada — medido en años de producto nacional —, que se observa desde la década de 1970-1980 en el conjunto de los países ricos — en particular en Europa y en Japón —, obedece directamente a esta lógica.
5 K. Marx y F. Engels, El manifiesto comunista, Jesús Izquierdo Martín (trad.), Fondo de Cultura Económica, México, 2007, p. 155
6 Y la primera frase prosigue así: “Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes”. Idem. El talento literario y polémico de Karl Marx (1818-1883),fi lósofo y economista alemán, explica sin duda parte de su inmensa influencia.
7 Ibid., pp. 167-168.
8 En resumen: Marx partió del modelo ricardiano del precio del capital y del principio de escasez, y ahondó en el análisis de la dinámica del capital, al considerar un mundo en el que el capital es ante todo industrial (máquinas, equipos, etc.) y no rural, y puede, entonces, acumularse potencialmente sin límite. De hecho, su principal conclusión es lo que se puede llamar el “principio de acumulación infinita”, es decir la inevitable tendencia del capital a acumularse y a concentrarse en proporciones infinitas, sin límite natural; de ahí el resultado apocalíptico previsto por Marx: ya sea que haya una baja tendencial de la tasa de rendimiento del capital (lo que destruye el motor de la acumulación y puede llevar a los capitalistas a desgarrarse entre sí), o bien que el porcentaje del capital en el producto nacional aumente indefinidamente (lo que, tarde o temprano, provoca que los trabajadores se unan y se rebelen). En todo caso, no es posible ningún equilibrio socioeconómico o político estable. Esta negra profecía de Marx no estuvo más cerca de ocurrir que aquella prevista por Ricardo.
A partir del último tercio del siglo xix, por fin los sueldos empezaron a subir: se generalizó la mejora del poder adquisitivo, lo que cambió radicalmente la situación, a pesar de que siguieron siendo muy importantes las desigualdades, y en algunos aspectos éstas no dejaron de crecer hasta la primera Guerra Mundial. En efecto, la Revolución comunista tuvo lugar, pero en el país más atrasado de Europa, aquél en el que apenas se iniciaba la Revolución industrial (Rusia), mientras los países europeos más adelantados exploraban otras vías — socialdemócratas — para la fortuna de sus habitantes. Al igual que los autores anteriores, Marx pasó totalmente por alto la posibilidad de un progreso técnico duradero y de un crecimiento continuo de la productividad, una fuerza que, como veremos, permite equilibrar — en cierta medida — el proceso de acumulación y de creciente concentración del capital privado. Sin duda carecía de datos estadísticos para precisar sus predicciones. Sin duda también fue víctima del hecho de haber fijado sus conclusiones desde 1848, aun antes de iniciar las investigaciones que podrían justificarlas. Es por demás evidente que Marx escribía en un clima de gran exaltación política, lo que a veces conduce a atajos apresurados que es difícil evitar; de ahí la absoluta necesidad de vincular el discurso teórico con fuentes históricas tan completas como sea posible, a lo que en realidad Marx no se abocó.
8 Marx había publicado en 1847 La miseria de la filosofía, libro en el que ridiculizó La filosofía de la miseria, publicada por Proudhon algunos años antes.
9 A esto se suma que Marx ni siquiera se cuestionó sobre cómo sería la organización política y económica de una sociedad en la que se hubiera abolido por completo la propiedad privada del capital — problema complejo, si lo hubiera — como lo demuestran las dramáticas improvisaciones totalitarias de los regímenes que intentaron llevarla a cabo. Sin embargo, veremos que, a pesar de todos sus límites, en muchos aspectos el análisis marxista conserva cierta pertinencia. Primero, Marx partió de una pregunta importante (relativa a una concentración inverosímil de la riqueza durante la Revolución industrial) e intentó darle respuesta, con los medios de los que disponía: he aquí un proceder en el que los economistas actuales harían bien en inspirarse. Entonces, cabe destacar que el principio de acumulación infinita defendido por Marx contiene una intuición fundamental para el análisis tanto del siglo xxi como del xix, y es en cierta manera aún más inquietante que el principio de escasez tan apreciado por Ricardo. Ya que la tasa de incremento de la población y de la productividad permanece relativamente baja, las riquezas acumuladas en el pasado adquieren naturalmente una importancia considerable, potencialmente desmedida y desestabilizadora para las sociedades a las que atañen. Dicho de otra manera, un bajo crecimiento permite equilibrar tan sólo frágilmente el principio marxista de acumulación infinita: de ello resulta un equilibrio que no es tan apocalíptico como el previsto por Marx, pero que no deja de ser bastante perturbador. La acumulación se detiene en un punto finito, pero ese punto puede ser sumamente elevado y desestabilizador. Veremos que el enorme incremento del valor total de la riqueza privada — medido en años de producto nacional —, que se observa desde la década de 1970-1980 en el conjunto de los países ricos — en particular en Europa y en Japón —, obedece directamente a esta lógica.
DE MARX A KUZNETS:
DEL APOCALIPSIS
AL CUENTO DE HADAS
Al pasar de los análisis de Ricardo y de Marx en el siglo
xix a los de Simon Kuznets en el siglo xx, se puede
decir que la investigación económica pasó de un
gusto pronunciado — y sin duda excesivo — por las
predicciones apocalípticas a una atracción no menos
excesiva por los cuentos de hadas, o por lo menos por
los finales felices. Según la teoría de Kuznets, en
efecto la desigualdad del ingreso se ve destinada a
disminuir en las fases avanzadas del desarrollo capitalista,
sin importar las políticas seguidas o las características
del país, y luego tiende a estabilizarse
en un nivel aceptable. Propuesta en 1955, se trata
realmente de una teoría para el mundo encantado
del periodo conocido como los “Treinta Gloriosos”:
9 Marx intentó a veces utilizar de la mejor manera posible el aparato
estadístico de su época (que era mejor que el de la época de Malthus y Ricardo,
aunque objetivamente seguía siendo bastante rudimentario), pero
muy a menudo lo hizo de manera relativamente impresionista y, sin establecer
de manera muy clara el vínculo con sus desarrollos teóricos.
para Kuznets basta con ser paciente y esperar un
poco para que el desarrollo beneficie a todos.
Los Treinta Gloriosos es el nombre dado a menudo — sobre todo en Europa continental — a las tres décadas posteriores a la segunda Guerra Mundial, caracterizadas por un crecimiento particularmente fuerte.
Una
expresión anglosajona resume fielmente la filosofía
del momento: “Growth is a rising tide that lifts all
boats” [El crecimiento es una marea ascendente que
levanta todos los barcos]. Es necesario relacionar
también ese momento optimista con el análisis de
Robert Solow en 1956 de las condiciones de un “sendero
de crecimiento equilibrado”, es decir una trayectoria
de incremento en la que todas las magnitudes
— producción, ingresos, beneficios, sueldos, capital,
precios de los activos, etc. — progresan al mismo
ritmo, de tal manera que cada grupo social saca provecho
del crecimiento en las mismas proporciones,
sin mayor divergencia. Se trata de la visión diametralmente
opuesta a la espiral desigualitaria ricardiana
o marxista y de los análisis apocalípticos del
siglo xix.
Para entender bien la considerable influencia de la
teoría de Kuznets, por lo menos hasta la década de
1980-1990, y en cierta medida hasta nuestros días,
debemos insistir en el hecho de que se trataba de la
primera teoría en este campo basada en un profundo
trabajo estadístico. De hecho, habría que esperar
hasta mediados del siglo xx para que por fin se establecieran
las primeras series históricas sobre la distribución
del ingreso, con la publicación en 1953 de
la monumental obra de Kuznets La Part des hauts revenus
dans le revenu et l’épargne [La participación de
los ingresos elevados en el ingreso y el ahorro]. Concretamente,
las series de Kuznets sólo se refieren a
un país (los Estados Unidos) y a un periodo de 35
años (1913-1948). Sin embargo, se trata de una importante
contribución que se basa en dos fuentes de
datos totalmente inaccesibles para los autores del siglo
xix: por una parte, las declaraciones de ingresos
tomadas del impuesto federal sobre el ingreso creado
en los Estados Unidos en 1913; por la otra, las estimaciones
del producto nacional de los Estados Unidos,
establecidas por el propio Kuznets algunos años
antes. Fue la primera vez que salió a la luz una tentativa
tan ambiciosa de medición de la desigualdad de
una sociedad.
Simon Kuznets fue un economista estadunidense nacido en Ucrania en 1901, quien se mudó a los Estados Unidos a partir de 1922. Fue estudiante en Columbia, luego profesor en Harvard; falleció en 1985. Es autor tanto de las primeras cuentas nacionales estadunidenses como de las primeras series históricas sobre la desigualdad.
Es importante entender bien que sin estas dos
fuentes indispensables y complementarias es simplemente
imposible medir la desigualdad en la distribución
del ingreso y su evolución. Las primeras
tentativas de estimación del producto nacional datan
desde luego de finales del siglo xvii y de principios
del xviii, tanto en el Reino Unido como en Francia,
y se multiplicaron a lo largo del xix. Pero eran
siempre estimaciones aisladas: habría que esperar el
siglo xx y el periodo entre las dos Guerras para que
se desarrollaran, a iniciativa de investigadores como
Kuznets y Kendrick en los Estados Unidos, Bowley y
Clark en el Reino Unido, o Dugé de Bernonville en
Francia, las primeras series anuales del producto nacional. Esta primera fuente permite medir el producto
total del país. Para medir los ingresos altos y
su participación en el producto nacional, también es
necesario disponer de las declaraciones de ingresos:
esta segunda fuente fue suministrada, en todos los
países, por el impuesto progresivo sobre el ingreso,
adoptado por varios países alrededor de la primera
Guerra Mundial (1913 en los Estados Unidos, 1914 en
Francia, 1909 en el Reino Unido, 1922 en la India,
1932 en Argentina).
12
Es esencial darse cuenta de que aún en ausencia de
un impuesto sobre el ingreso existían todo tipo de estadísticas
relativas a las bases tributarias en vigor
en un momento dado (por ejemplo sobre la distribución
del número de puertas y ventanas por jurisdicción
en la Francia del siglo xix, lo que además no deja de ser
interesante). Estos datos, sin embargo, no nos dicen
nada sobre los ingresos. Por otra parte, a menudo las
personas interesadas no conocen bien su ingreso
mientras no tengan que declararlo. Lo mismo sucede
con el impuesto sobre las sociedades y sobre el
patrimonio. El impuesto no sólo es una manera de
hacer contribuir a unos y otros con el financiamiento
de las cargas públicas y de los proyectos comunes,
y de distribuir esas contribuciones de la manera
más aceptable posible; también es una manera de
producir categorías, conocimiento y transparencia
democrática.
Lo cierto es que los datos que recolectó Kuznets le
permitieron calcular la evolución de la participación
en el producto nacional estadunidense de los diferentes
deciles y percentiles superiores de la distribución
del ingreso. Ahora bien, ¿qué encontró? Advirtió
que entre 1913 y 1948 en los Estados Unidos se dio
una fuerte reducción de las desigualdades en los ingresos.
Concretamente, en la década de 1910-1920, el
decil superior de la distribución, es decir el 10% de
los estadunidenses más ricos, recibía cada año hasta
el 45-50% del producto nacional. A fines de la década
de 1940, la proporción de ese mismo decil superior
pasó a aproximadamente el 30-35% del producto nacional.
La disminución — de más de diez puntos del
producto nacional — es considerable: es equivalente,
por ejemplo, a la mitad de lo que recibe el 50% de los
estadunidenses más pobres.
13 La reducción de la desigualdad
fue clara y contundente. Este resultado fue
de importancia considerable, y tuvo un enorme impacto
en los debates económicos de la posguerra,
tanto en las universidades como en las organizaciones
internacionales.
Hacía décadas que Malthus, Ricardo, Marx y muchos
otros hablaban de las desigualdades, pero sin
aportar ni la más mínima fuente, el más mínimo método
que permitiera comparar con precisión las diferentes
épocas y, por consiguiente, clasificar las diferentes
hipótesis. Ahora, por primera vez, se proponía una
base objetiva; desde luego imperfecta, pero con el mérito de existir. Además, el trabajo realizado estaba sumamente
bien documentado: el grueso volumen publicado
por Kuznets en 1953 expuso de la manera más
transparente posible todos los detalles sobre sus fuentes
y sus métodos, de tal modo que pudiera reproducirse
cada cálculo. Y, por añadidura, Kuznets presentó
una buena nueva: la desigualdad disminuía.
LA CURVA DE KUZNETS:
UNA BUENA NUEVA
EN LA ÉPOCA DE LA GUERRA FRÍA
A decir verdad, el propio Kuznets estaba perfectamente
consciente del carácter accidental de la compresión
de los elevados ingresos estadunidenses entre
1913 y 1948, que debía mucho a los múltiples choques
provocados por la crisis de la década de 1930 y
la segunda Guerra Mundial, y que tenía poco que ver
con un proceso natural y espontáneo. En su grueso
volumen publicado en 1953, Kuznets analizó sus series
de manera detallada y advirtió al lector del riesgo
de cualquier generalización apresurada. Pero en
diciembre de 1954, en el marco de la conferencia que
dictó como presidente de la American Economic Association
reunida en un congreso en Detroit, optó
por proponer a sus colegas una interpretación mucho
más optimista de los resultados de su libro de
12 Ya que a menudo las declaraciones de los ingresos sólo atañen a una
parte de la población y de los ingresos, es esencial disponer también de las
cuentas nacionales para calcular el total de los ingresos.
13 Dicho de otra manera, las clases populares y medias — a las que se
puede definir como el 90 por ciento de los estadunidenses más pobres —
vieron que se incrementó claramente su participación en el producto nacional:
de 50-55 por ciento en la década de 1910-1920 a 65-70 por ciento a
finales de la década de 1940.
1953. Esta conferencia, publicada en 1955 bajo el título “Crecimiento económico y desigualdad de ingresos”
es la que daría origen a la teoría de la “curva
de Kuznets”.
Según esta teoría, la desigualdad en cualquier lugar
estaría destinada a seguir una “curva en forma
de campana” — es decir, primero crecería y luego decrecería
— a lo largo del proceso de industrialización
y de desarrollo económico. Según Kuznets, a una
fase de crecimiento natural de la desigualdad característica
de las primeras etapas de la industrialización
— y que en los Estados Unidos correspondería
grosso modo al siglo xix —, seguiría una fase de fuerte
disminución de la desigualdad, que en los Estados
Unidos se habría iniciado durante la primera mitad
del siglo xx.
La lectura del texto de 1955 es esclarecedora. Tras
haber recordado todas las razones para ser prudente,
y la evidente importancia de los choques exógenos en
la reciente disminución de la desigualdad estadunidenses,
Kuznets sugirió, de manera casi anodina, que
la lógica interna del desarrollo económico, independientemente
de toda intervención política y de todo
choque exterior, podría llevar igualmente al mismo
resultado. La idea sería que la desigualdad aumenta
durante las primeras fases de la industrialización
(sólo una minoría está en condiciones de sacar provecho
de las nuevas riquezas producidas por la industrialización),
antes de empezar a disminuir espontáneamente durante las fases avanzadas del desarrollo
(cuando una fracción cada vez más importante de la
población se beneficia del crecimiento económico, de
ahí una reducción espontánea de la desigualdad).
14
Estas “fases avanzadas” se habrían iniciado a fines del siglo xix o a principios del xx en los países industrializados,
y la reducción de la desigualdad ocurrida
en los Estados Unidos durante los años de 1913-
1948 sólo sería el testimonio de un fenómeno más
general, que en principio todos los países, incluso los
países subdesarrollados sumergidos en ese entonces
en la pobreza y la descolonización, deberían experimentar
tarde o temprano. Los hechos puestos en
evidencia por Kuznets en su libro de 1953 se volvieron
súbitamente un arma política de gran poder.
16
Sin embargo, al presentar una teoría tan optimista
en el marco de su Presidential address a los
economistas estadunidenses, que estaban muy dispuestos
a creer y a difundir la buena nueva presentada
por su prestigioso colega, Kuznets sabía que tendría
una enorme influencia: había nacido la “curva
de Kuznets”. A fin de cerciorarse de que todo el mundo
había entendido bien de qué se trataba, se esforzó
además por precisar que el objetivo de sus predicciones
optimistas era simplemente mantener a los países subdesarrollados en “la órbita del mundo libre”.
En gran medida, la teoría de la “curva de Kuznets” es
producto de la Guerra Fría.
Entiéndanme bien: el trabajo realizado por Kuznets
para establecer las primeras cuentas nacionales
estadunidenses y las primeras series históricas sobre
la desigualdad es muy considerable, y es evidente
al leer sus libros — tanto más que sus artículos — que
tenía una verdadera ética de investigador. Por otro
lado, el importante crecimiento que tienen todos los
países desarrollados en la posguerra es un acontecimiento
fundamental, y el hecho de que todos los grupos
sociales hayan sacado provecho de él lo es aún
más.
Es comprensible que haya prevalecido cierto
optimismo durante los años conocidos como los
Treinta Gloriosos y que hayan perdido popularidad
las predicciones apocalípticas del siglo xix sobre la
dinámica de la distribución de la riqueza.
Sin embargo, la mágica teoría de la “curva de Kuznets”
fue formulada en gran medida por malas razones,
y su fundamento empírico es muy frágil. Veremos que la fuerte reducción de las desigualdades en
los ingresos que se produce en casi todos los países
ricos entre 1914 y 1945, es ante todo producto de las
guerras mundiales y de los violentos choques econó-
micos y políticos que éstas provocaron (sobre todo
para los poseedores de fortunas importantes), y poco
tiene que ver con el proceso apacible de movilidad
intersectorial descrito por Kuznets.
14 Esta curva también es conocida como “curva en U invertida”. El mecanismo
específico descrito por Kuznets se basa en la idea de una progresiva
transferencia de la población de un sector agrícola pobre hacia un
sector industrial rico (al principio sólo una minoría goza de las riquezas
del sector industrial, de ahí el incremento de la desigualdad, luego todo el
mundo goza de ellas, por lo que se da una reducción de la desigualdad),
pero es evidente que ese mecanismo muy estilizado puede adquirir una
forma más general (por ejemplo, la forma de transferencias progresivas
de mano de obra entre diferentes sectores industriales o entre diferentes
empleos más o menos bien remunerados, etcétera).
15 Es interesante señalar que Kuznets no tenía ninguna serie que demostrara
el incremento de la desigualdad en el siglo xix, pero que ello le
pareciera evidente (como a la mayoría de los observadores de la época).
16 Como lo precisa él mismo: “Esto es tal vez un 5 por ciento de información
empírica y 95 por ciento de especulación, y posiblemente parte de
esto no sea más que una ilusión”.
REUBICAR EL TEMA DE LA
DISTRIBUCIÓN EN EL CENTRO
DEL ANÁLISIS ECONÓMICO
El tema es importante, y no sólo por razones históricas.
Desde la década de 1970 la desigualdad creció significativamente en los países ricos, sobre todo en los
Estados Unidos, donde en la década de 2000-2010 la
concentración de los ingresos recuperó — incluso rebasó
ligeramente — el nivel récord de la década de
1910-1920: es pues esencial comprender bien cómo y
por qué la desigualdad disminuyó la primera vez.
Desde luego, el fuerte desarrollo de los países pobres
y emergentes — y sobre todo de China — potencialmente
es una poderosa fuerza de reducción de la desigualdad
en todo el mundo, a semejanza del crecimiento
de los países ricos durante los Treinta Gloriosos.
Sin embargo, este proceso genera fuertes
inquietudes en el seno de los países emergentes, y
más aún en el de los países ricos. Además, los impresionantes
desequilibrios observados en las últimas
décadas en los mercados financieros, petroleros e inmobiliarios,
de manera bastante natural pueden suscitar
dudas respecto del carácter ineluctable del “sendero
de crecimiento equilibrado” descrito por Solow
y Kuznets, y conforme al cual supuestamente todas
las variables económicas clave crecen al mismo ritmo.
¿Acaso el mundo de 2050 o de 2100 será poseído
por los traders, los súper ejecutivos y los poseedores
de fortunas importantes, o bien por los países petroleros,
o incluso por el Banco de China, o quizá lo sea
por los paraísos fiscales que resguarden de una u otra
manera al conjunto de esos actores? Sería absurdo no
preguntárselo y suponer por principio que a largo
plazo el desarrollo se “equilibra” naturalmente.
En cierta forma, en este inicio del siglo xxi estamos
en la misma situación que los observadores del
siglo xix: asistimos a transformaciones impresionantes
y es muy difícil saber hasta dónde pueden llegar
y qué aspecto tendrá la distribución mundial de
las riquezas, tanto entre los países como en el interior
de ellos, en el horizonte de algunas décadas. Los
economistas del siglo xix tenían un inmenso mérito:
situaban el tema de la distribución en el centro del
análisis e intentaban estudiar las tendencias de largo
alcance. Sus respuestas no siempre eran satisfactorias,
pero por lo menos se hacían las preguntas correctas.
En el fondo no tenemos ninguna razón para
creer en el carácter autoequilibrado del crecimiento.
Ya es tiempo de reubicar el tema de la desigualdad en
el centro del análisis económico y de replantear las
cuestiones propuestas en el siglo xix. Durante demasiado
tiempo, el asunto de la distribución de la riqueza
fue menospreciado por los economistas, en parte
debido a las conclusiones optimistas de Kuznets, y en
parte por un gusto excesivo de la profesión por los
modelos matemáticos simplistas llamados “de agente
representativo”.
17 Y para reubicar el tema de la distribución
en el centro del análisis se debe empezar por
reunir un máximo de datos históricos que permita
comprender mejor las evoluciones del pasado y las
tendencias en curso, pues al establecer primero pacientemente
los hechos y las regularidades, al cotejar
las experiencias de los diferentes países, podemos tener
la esperanza de circunscribir mejor los mecanismos
en juego y darnos luz para el porvenir.
W
Traducción de Eliane Cazenave-Tapie Isoard.
Extracto de la introducción de El capital en el siglo
xxi, de Thomas Piketty, cuya edición en español
tenemos en preparación y saldrá a la luz en el otoño
de 2014.
17 En esos modelos, que se impusieron tanto en la investigación como en
la enseñanza de la economía desde la década de 1960-1970, se supone por
regla general que cada uno recibe el mismo salario, posee la misma riqueza
y dispone de los mismos ingresos, de tal manera que por definición todos
los grupos sociales gozan del crecimiento en las mismas proporciones.
Semejante simplificación de la realidad puede justificarse para estudiar
ciertos problemas muy específicos, pero desde luego limita drásticamente
al conjunto de las cuestiones económicas que pueden plantearse.
En marzo de este año, cuando apenas comenzaba la “Pikettymania”
— —, Paul Krugman consideró que según la denominación de Business Week El capital
en el siglo XXI era “el libro de economía más importante del año (y tal vez de la década)”.
Pocos días después publicó la reseña que reproducimos enseguida, donde detalla por qué
juzga que la obra de Piketty transformará las discusiones en torno a la distribución
del ingreso y la riqueza
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